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J.L.Meneses

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30 de noviembre de 2020

Los favores no salen gratis

Nóvgorod, Rusia                                

 

En política, los favores no salen gratis. El que los hace, espera ser compensado por ello y el que los recibe, sabe que tendrá que devolverlos. Se pinte como se quiera, Hitler se reunió con Franco en Hendaya en 1940 para recordarle que le debía un favor por su ayuda en la Guerra Civil Española y que había llegado la hora de pagar por ello. Así pagó el favor: cerca de cincuenta mil soldados, la División Azul, fueron enviados al frente ruso, el más duro de la Segunda Guerra Mundial, para combatir junto las tropas del Tercer Right. Estas acciones políticas son vergonzantes, pero la más execrable, es cuando el favor se paga con vidas humanas. Se dice que no participamos en la gran guerra y que los que fueron allí eran voluntarios, vamos, que les encantaba el sarao que se montó con nuestra guerra civil en la que murieron más de un millón de personas y querían repetirlo, o quizás, hay que tragarse que eran jóvenes entusiasmados por viajar al extranjero, por cierto, casi mil kilómetros los hicieron a pie. Una vez más, me digo lo fácil que les resulta a algunos manipular a las personas para satisfacer sus ansias de poder. Pero, como asegura Russell Crowe en la película “Gradiator”, «Tus días de gloria muy pronto verán su fin…, Cesar» y, por lo que se refiere a los citados, su gloria y su vida acabaron en el mismo momento.

Son las seis de la mañana de un frio día del mes de enero de 2019. El termómetro del albergue marcaba treinta y cuatro bajo cero y, presumiendo que tendría más frio del que tuve, me abrigué con todo lo que encontré en la mochila. Desde la ventana del hostal Whose Suitcase? (¿De quién es la maleta?), tan céntrico como sencillo pero con una vista espectacular, vi caer la nieve sobre la céntrica Plaza Vosstaniya de la legendaria ciudad de San Petersburgo. La estación de tren de Moskovskiy está en la misma plaza y el tren que me llevó a Nóvgorod salía a las siete de la mañana, por lo que disponía de tiempo suficiente para tomarme un café con leche bien caliente mientras disfrutaba de mis últimos momentos en esta preciosa ciudad, atractiva todos los meses del año. Subí al tren y me llevé a San Petersburgo conmigo. Desde entonces, anida en mi cerebro y no descarto escribir sobre ella en algún momento porque si recordarla me emociona, escribir será un gran placer. Pero ahora, he de abordar el tren que sale de madrugada hacia Moscú y apearme en Nóvgorod, a unos doscientos kilómetros porque Julián, hermano de mi padre, estuvo allí con la División Azul y este viaje rondaba por mi cabeza desde hacía tiempo y siempre pensé que, viajando allí, podría comprobar si sus ojos vieron algo más que muerte y destrucción porque, a su regreso, tuvo que vivir con ello hasta el fin de sus días.

El sol, en el mes enero, sale sobre las diez de la mañana y se pone sobre las cuatro de la tarde, por lo que la visibilidad fue nula durante una parte del viaje. El tren, con su chucu chucu, me hipnotiza y en pocos segundos me veo interactuando con mi otro yo, que se ha instalado en el cristal de la ventanilla y tras él, la oscura noche. Ni siquiera me da los buenos días, se dirige a mí cabreado como si yo tuviese la culpa: «Los engañaron, como suelen hacer los políticos cuando tienen que devolver favores. Si Adolfo, el golfo, envió a la Legión Cóndor a combatir en la Guerra Civil Española, Paco, el mentecato, devolvió el favor con creces enviando, engañados, a cerca de cincuenta mil soldados a uno de los frentes más duros de una guerra que ni nos iba ni nos venía» No le contradigo porque tiene razón. Los bolcheviques, equivocados o no, no tenían ningún interés en combatir con nosotros y lo del comunismo, pura patraña, porque los años evidencian que más que crecer, cae por su propio peso. Por otro lado, era normal que quisieran defenderse de los delirios expansionistas del Tercer Reich, o qué harías tú si viniesen a liártela a tu casa. Lo mejor hubiera sido, como dice el refrán que algunos atribuyen a Cervantes, «cada uno en su casa, y Dios en casa de todos»

Enfrascado en este soliloquio, no me doy cuenta de que las primeras luces empiezan a aparecer tras los cristales. Mi otro yo se ha ido y ahora, veo sobre un pequeño promontorio de nieve al general von Cochenhausen arengar a nuestros soldados: «¿Juráis ante Dios y por vuestro honor obediencia, al jefe de las Fuerzas Armadas alemanas Adolf Hitler, en la lucha contra el comunismo y combatir dispuestos a dar vuestra vida por cumplir este juramento?» Ataviados con el uniforme de la Wehrmacht, probablemente confeccionado por manos judías, nuestros soldados se ponen firmes, gritan con fuerza «¡heil Hitler!» y estoy convencido, de que muchos jóvenes voluntarios con ganas de aventura empiezan a pensar que les han vendido un peine sin púas. Otros, los que necesitaban dinero para sortear la hambruna de nuestra postguerra hubieran preferido comer piel de patata y los que habían combatido y perdido la Guerra Civil, los rojos, enviados a la fuerza para redimir sus pecados, no tardaron en darse cuenta de que habían ido de “guatemala” a “guatepeor” y que más les hubiera valido cumplir la penitencia bajo el sol que más calienta, que combatir bajo una temperatura de cuarenta bajo cero, tanto a la intemperie como en el corazón.

Muchos de ellos murieron en el combate o por congelación, otros volvieron enfermos o con miembros amputados por el frio aterrador y los que fueron hechos prisioneros tras la batalla de Kransy Bor a las puertas de Leningrado, hoy San Petersburgo, acabaron internados en gulags, unos durísimos campos de trabajo. Tras esta sangrienta batalla y probablemente porque los alemanes no iban salir airosos del frente ruso, Franco, con un coeficiente de humanidad por debajo de la normalidad, dio por cumplido el favor que le hizo Hitler con la Legión Condor y ordenó el regreso de los supervivientes de la División Azul. Más de veinte mil vidas costó el favor. Para él, calderilla.

Y la vida, como el tren, sigue su curso y a través de los cristales sigo viendo campos, bosques de abedules y pueblecitos pintados de blanco sobre un amanecer azul. Por el pasillo, un joven hace sonar la balalaika y le doy unos rublos por endulzar mis oídos y distraer mi atención. Cuando vuelvo a mirar por la ventanilla ya no veo tanques ni soldados, veo a Yuri, el doctor Zhivago, que regresa a su casa de Varýkino después de ponerle los cuernos a Tonya con la bellísima Lara. Ya decía yo que había otros motivos por los que andaba por estas tierras y es que la película “Doctor Zhivago”, ganadora de no sé cuántos Oscar no solo me gustó, sino que me encantó. Dicho esto, he de puntualizar que el paisaje que desfila ante mis ojos es más hermoso y real que el que Strélnikov vio desde su tren blindado, Flecha Roja, en la famosa película que, sin ánimo de desmerecerla, se rodó en nuestro país, en tierras de Soria. Y me digo: «¡Les encanta lo nuestro!, sea la costa o el interior, la tortilla de patatas, la paella, la siesta o el sol, nuestro ondulado carácter y nuestro vivir con pasión…»

El tren, enlenteció su marcha y en pocos minutos entró en la estación de la ciudad de Nóvgorod. Su Kremlin, ciudadela, fue fundado por el príncipe Yaroslav I el Sabio y se convirtió en el centro administrativo, cultural y religioso del país. En esta ciudad comenzó la dinastía de los zares y en ella murió el último, Nicolás II y toda su familia, asesinados por los bolcheviques durante la revolución rusa en 1918.  Cuando puse los pies en tierra sentí que mi tío Julián, a su regreso, debió de avergonzarse y pedir perdón por haber invadido con el Tercer Right esta legendaria ciudad, la más antigua de Rusia, que no pudo conquistar ni el temible Gengis Kan con su ejército mongol. Es Nóvgorod quien conquista los corazones de los que la vistan y es por ello, que la UNESCO declaró el centro histórico Patrimonio de la Humanidad. No me sorprendería que el compositor Sergei Rachmaninoff, nacido en este lugar, se inspirase en su belleza para componer algunas de sus más de doscientas obras, ni que muchos de los grandes autores literarios y artísticas bebiesen el elixir de esta fuente inagotable de belleza y conocimiento.

Desde la estación, se llega andando a la ciudad amurallada, el Kremlin, en tan solo quince minutos y puede visitarse entre las seis de la mañana y las doce de la noche de manera gratuita. Una y mil veces viajaría hasta allí para ver su espectacular muralla, de más de un kilómetro y medio de perímetro, con sus nueve torres. La de Kokúi es la más alta y está coronada con una cúpula de plata. En el interior de la fortaleza destacan la Catedral de Santa Sofía, maltratada por la ocupación del ejército alemán y de la División Azul. Me avergüenza que unos de nuestros compatriotas se llevasen la cruz de la cúpula y de que se tardase en devolverla cincuenta años. También cabe destacar la Cámara de los Arzobispos, sede del parlamento de Nóvgorod; el museo estatal que alberga iconos de la historia de la ciudad; el monumento Milenio de Rusia en conmemoración de los mil años de Rusia o el del compositor Rachmaninoff. Saliendo por la otra puerta del Kremlin y atravesando el rio Vóljov, por el que bajó la sangre de los combatientes entre el lago Ilmen y el Landoga, se llega a los jardines de Yarosláv, en ellos, se encuentran algunas pequeñas iglesias entre las que cabe destacar la de San Nicolás, la de San Jorge o la de Peraskeva. La fragata Flagman, convertida hoy en restaurante, permanece inmovilizada en las heladas aguas del Vóljov esperando la visita de aquellos que quieran degustar, además de la auténtica ensaladilla rusa, otros platos típicos de su oferta gastronómica como el pelmeni, el shashiyk o el uja entre otros.

 

A mi tío Julián, el hermano pequeño de mi padre, y a otros muchos les enredaron con engaños y promesas para que se alistasen en la División Azul. Eran jóvenes y probablemente las ansias de notoriedad les hacía fácilmente manipulables, pasó en aquellos tiempos y sigue pasando en la actualidad. Espero, que la maldad que vieron sus ojos se fuese diluyendo entre lágrimas y que la belleza del lugar, y doy fe de ello con el video que acompaño, le ayudase a soportar el peso de los desagradables hechos que allí sucedieron.

Siento que ha llegado el momento de poner punto final a este nuevo artículo que, aún siendo mío hago vuestro. En él, nos encontraremos y podremos dialogar en el cristal de los recuerdos hasta que el sol salga y propicie un nuevo encuentro. Me despido de él y de vosotros, queridos lectores, con esta frase lapidaria del filósofo, físico y matemático francés Jean Le Rond D’Alembert (1717-1783) que dijo: «La guerra es el arte de destruir a los hombres, la política es el arte de engañarlos»

© Copyright  2020 José Luis Meneses. All rights reserved.

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