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J.L.Meneses

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28 de junio de 2021

Armonía y ternura en Tanjung Puting

Kalimantan, isla de Borneo, Indonesia

 

               Jane Goodall escribió: «Los chimpancés, gorilas y orangutanes han vivido miles de años vidas fantásticas en sus bosques, en entornos donde reina el equilibrio. Nunca se les ha pasado por la cabeza destruir el bosque, destruir su mundo. Diría que han tenido más éxito que nosotros en cuanto a estar en armonía entre ellos y con el medio ambiente»

               No lo digo yo, que también, lo dice una persona que ha vivido durante muchos años en dos mundos: el que llamamos “civilizado” y ese otro al que nos referimos como “salvaje”. Me pregunto, si los que frieron en los hornos de Auschwitz a miles de personas; los que colocaron una bomba con doscientos kilos de amonal en el cuartel de la guardia civil de Vich llevándose la vida de diez personas, cinco de ellos niños; o, el cabrón que metió a sus pequeñas hijas en una bolsa y las hundió frente a las costas de Tenerife, tienen algo de “humano” o “civilizado”. Probablemente, para desahogarnos, le llamamos “salvaje”, pero ninguno de los habitantes de la selva se comporta así. Probablemente, el lector dirá que son casos poco frecuentes y seguro que tiene razón, pero debemos asumir que estas “salvajadas”, “animaladas” o “bestialidades” no las cometen los animales o las bestias y, por tanto, deberíamos referirnos a ellas como lo que son, “humanadas”, ya que son más propias de las cosas que hacemos los seres humanos y no los animales u otros seres vivos, como las flores y los árboles… Vaya por delante, que no me refiero a todos los seres humanos, pero sí a bastantes, si tenemos en cuenta las “humanadas” cometidas a lo largo de la historia, incluidas las que abrirán y cerrarán hoy los telenoticias.

 

               Motivado por conocer ese mundo “asalvajado” y esos animales “tan bestias”, viajé allí donde la selva es selva ya que todavía no hemos acabado de desplumarla de los infinitos recursos que nos ofrece. Solo nos pide respeto, pero está visto que no cejaremos en nuestro empeño de reducirlas a la mínima expresión, aunque solo sea porque nos pasa el forro. Ya no quedan tantas en este planetoide que destrozamos a mordiscos, pero sí algunas y, una de ellas, se encuentra en Kalimantan, nombre que dan los indonesios a su territorio en la isla de Borneo. La legendaria isla está cercada por los mares de China, el de Célebes y el de Java y, Indonesia, la comparte con Malasia y el sultanato de Brunéi, en donde el sultán se pasea, cuando sale de su palacio de mil ochocientas habitaciones, en un Rolls-Royce de oro, además de otros cinco mil coches, y donde lapidan a los homosexuales y adúlteros, azotan a las lesbianas y cortan manos y pies a los ladrones (un ejemplo más de nuestro mundo civilizado).

 

               La manera más sencilla de llegar desde Barcelona es volando a Bangkok y desde allí, a la isla indonesia de Java donde se encuentra la capital, Yakarta, centro neurálgico del país. Desde allí, un avión de una compañía local o barco transbordador te puede llevar con bastante facilidad a cualquier parte de Indonesia, un país con miles de islas y números grupos étnicos. Multiculturalidad a la carta. En mi caso, porque me encanta hablar por mi boca y no por la de otros, volé desde Yakarta a Pangkalan Bun, en la isla de Borneo, con Nam Air por casi 40 euros y con animación local incluida. En poco más de una hora, te plantas en la tercera isla más grande del mundo, después de Groenlandia y Nueva Guinea, en la que además de los mercados flotantes como el de Banjarmasin, o las minas de oro y diamantes de Cempaka, se encuentra en plena libertad campando por la selva orangutanes de pelambrera rojiza y amable mirada, entre otros animales de la misma calaña, compartiendo cielo y tierra en paz y armonía

con humanoides nativos que, como la selva y los orangutanes, corren el peligro de extinción.

              

               Tan solo quince kilómetros separan Pangkalan Bun de la ciudad y puerto Kumai. Como el sol y la luna, sus casas se miran en el río Kumai, vistiéndose de todos los colores imaginables. Vale la pena navegar por él a cualquier hora del día para sentir emociones intensas que provocan la piloerección (piel de gallina) y es fácil encontrar un barquero dispuesto a llevarte, por cuatro rupias, a donde quieras y hasta que te canses. Por cierto, uno no debe asustarse con los precios. Por ejemplo, el paseo en barca puede costarte alrededor de 18.000 rupias que equivaldría a 1 euro.

               Tras la piloerección en barca, piérdete entre las casas de madera viendo a los lugareños en sus quehaceres cotidianos.  Algunos son pescadores, otros se dedican al transporte de mercancías a lo largo y ancho del caudaloso Kumai y otros, se dedican a llevar en sus embarcaciones a aquellos que se sienten atraídos por la fauna y la flora del lugar. Al atardecer, gente de todas las edades se reúnes en las calles entreteniéndose con cosas tan poco frecuentes como ver a un mono macaco yendo calle arriba calle abajo conduciendo una pequeña motocicleta. Son tan raros, que hasta se entretienen dando el biberón a cachorros, imagino que huérfanos, de todas las especies.

               Desde el puerto de Kumai salen cada día embarcaciones hacia la reserva de Tanjung Puting, famosa por ser un lugar protegido en el que los orangutanes y otros animales campan a sus anchas. Hay dos maneras de llegar hasta allí, contratando una salida con alguna de las agencias que operan en la zona, o por tu cuenta buscando alguien que te lleve. En mi caso, llegué a un acuerdo con un guía y viajamos en una lancha hasta la zona. Esta es la opción económica, pero además de esa ventaja tiene otras, como no estar sujeto a días y horarios, comer y dormir donde quiera que te den cobijo y te aseguro que son muy hospitalarios, en resumen, personalizar el viaje y la experiencia.

 

               Poco después de dejar el río Kumai y poner rumbo al río Sekonyer el panorama cambia sustancialmente. El agua, se viste de marrón óxido y, sobre sus orillas se reflejan todos los verdes, el de los manglares de palmera nypa y los de las numerosas variedades de árboles que compiten en altura hasta casi alcanzar un gloria. Un cielo, que se cubre con frecuencia y obsequia a todo ser viviente que habite en la inmensa selva, con el mana que alimenta y sostiene todas las especies de vida. Incluyo, la de ese ser humano que vive en armonía con su entorno como un ser vivo más y no el “bichodiverso” que con su malévola lengua bífida y disfrazado con todo tipo de atuendos pone en peligro, un día sí y otro también, el paraíso que nos ha sido regalado. En la pequeña aldea de Sekonyer podemos encontrar esa comunión entre el ser humano y el medio ambiente. Como puede observarse en la foto que acompaño, la armonía, la paz y el sosiego se refleja en sus rostros, salvo en el del pequeñín, que al parecer no le hace mucha gracia que le enjabonen. En este mundo “tan salvaje” siempre encuentras una sonrisa, algo que comer y un lugar donde dormir. Pero Edi y yo hemos de reemprender el camino porque, en los más de 4.000 kilómetros cuadrados de Tanjung Puting, hay mucho que ver y sentir, y porque para eso he viajado hasta allí.

 

               Sin rechistar sigo los pasos de Edi, el guía de no más de veinte años con el que salí de Kumai y quien decidió qué es lo que debía llevar en mi mochila y cual sería mi vestimenta. Él, iba en pantalón corto, camiseta de manga larga y chancletas. Conmigo fue más permisivo, me permitió bambas, la máquina de fotos y un sombrero a lo Indiana Jones que estuvo la mayor parte del tiempo colgado a mis espaldas. Salvo el crujir de las ramitas y hojas que tapizaban el camino, el silencio en la selva era sepulcral. Edi, hurgaba con un palito los agujeros en busca de algún animalito que enseñarme: hormigas gigantes, termitas, escarabajos… y yo, con una diarrea encima que amenazaba tormenta a cada paso, le seguía en silencio hasta que no tuve más remedio que informarle de mi estado (los gestos son un idioma universal). Sin sorprenderse lo más mínimo y sin ni siquiera hurgar con su palito por mi ano, se acercó a un racimo de nepenthes (plantas carnívoras), arrancó una de las flores con forma de jarrita y me urgió a que bebiera el líquido que había en su interior. Después de los conocimientos que me había demostrado que tenía sobre flora, fauna y otras fruslerías, no dudé ni un instante en hacerle caso. Oye, mano de santo, ni el triple Fortasec actúa tan rápido.

 

               No tardamos en ver los primeros habitantes de los árboles. Encaramados en las ramas nos observaban varios tipos de monos: los narigudos, con sus grandes, anaranjadas y aplanadas narices, las más grandes del mundo (los políticos les ganan); el gibón de barba blanca; los macacos de cola de cerdo… Continuamos el camino, el bosque cada vez era más tupido y los árboles más altos (algunos alcanzan los cien metros), apenas se veía el cielo, salvo cuando las copas se movían. Pensé que era el viento, pero Edi me corrige, me dice que se acercan los orangutanes y que son ellos los que mueven las copas. Y así es, no tardan en aparecer, primero en lo alto de los árboles y poco después, los tienes a tan pocos metros de distancia que casi puedes abrazarlos. Es, el momento del encuentro con los seres pelados y su hora del plátano, tras la comida natural que les provee la selva. No dicen nada, para qué las palabras si dicen todo con la mirada y su actitud relajada. Traen sus crías para que veas como las alimentan, las cuidan, protegen y miman. Y uno, se queda boquiabierto, se conmueve y emociona con lo que está viendo, sintiendo y viviendo. En el video que acompaña este artículo hay una pequeña muestra de lo que escribo.

 

               Esta área de protección de la biodiversidad, Tanjung Puting, se estableció en los años treinta del siglo pasado con el objetivo de proteger a los orangutanes y monos narigudos, endémicos de la isla de Borneo, de la deforestación y el deterioro del hábitat natural que necesitan para sobrevivir como especie.  En los años setenta fue declarada la zona reserva de la biosfera por la UNESCO y poco después, parque nacional por el gobierno indonesio. Pero, entre nosotros, hay “animales”, con perdón de estos, que las normas dirigidas a preservar el medio ambiente y a los seres vivos que habitan en él se las pasan por el forro y, ya sea por intereses políticos o económicos, ponen en peligro los ecosistemas de nuestra casa común. En esta isla como en otras selvas tropicales, se lleva a cabo la tala ilegal de bosques, los incendios y la destrucción para su transformación de zonas de cultivo, como la palma aceitera o los cultivos de soja. Si se sigue por ese camino, pronto la selva dejará de darnos alimentos, madera, medicinas, cultura, ocio, armonía, ternura… Por otro lado, y por si no fuera suficiente, cuando se ha terciado, han enjaulado a los animales en campos de concentración, los zoos, para exhibición y disfrute de los seres civilizados. La pérdida de su libertad les cambia la cara, enferman física y mentalmente y mueren tristes lejos de su hábitat natural. Algo parecido pasa a algunos seres humanos cuando les obligan, de una u otra forma, a abandonar su hábitat natural y les confinan en los suburbios de las grandes ciudades.

 

               Regresé de este fabuloso viaje a los auténticos reinos de este mundo, con los conceptos de “armonía” y “ternura” reforzados en el parque natural de mi memoria, donde descansan las experiencias y conviven en paz todos mis seres vivos y muertos. Rozar estos conceptos, armonía y ternura, aunque solo sea con las yemas de los dedos es algo que convierte lo aparentemente ordinario en sublime y obliga a entonar un cántico de agradecimiento por esta vida que nos ha sido regalada. Cuántas veces lo recuerdo y cuántas lo olvido, a pesar de vestirme cada mañana con mis buenos pensamientos y mis mejores propósitos. Somos humanos y el orangután, ya ha dejado de preguntarse desde hace mucho tiempo si estamos tarados o volviéndonos lerdos. Lo sabe, pero prefiere seguir mil años más como es porque las “humanadas” no le motivan en absoluto.

               Llegó el momento de poner punto final a este nuevo artículo, el 22. Los 21 anteriores quedan escritos en el polvo del camino, en un libro que doy a luz este próximo mes de julio. Pero, antes de romper aguas, creo oportuno acabar el artículo como empecé, con una frase de Jane Goodall que dice: «Me gustan algunos animales más que algunas personas y algunas personas más que algunos animales»

               Queridos amigos, ¡levad anclas!, ¡desplegad velas! y que el verano os sea propicio. Nos vemos en agosto, si hemos de vernos.